Página:Ensayo sobre el hombre (1821).djvu/42

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El es quien preserva del hambre y de las fieras alimañas á todo lo que una hambre estudiada le enseña á él á codiciar: acaricia y engorda á los animales que destina para su regalo; pero hasta que les quita la vida se la hace al menos feliz, sucediendo á estos animales, en cuanto á preveer y sentir su golpe fatal, lo que sucede al hombre escogido del cielo cuando vibra el rayo sobre su cabeza[1]. ¡Gozaron de la vida antes de morir! ¿No debemos nosotros morir también después de haber gozado de la vida?

Propicio el cielo con todo ser que no piensa, no le da el vano conocimiento de su fin. Se le da al hombre, pero en tal punto de vista que se le hace desear al paso que le teme. La hora es incierta y oculta, y el temor es tan lejano, que aun cuando se acerca la muerte, jamas nos parece que se nos arrima. ¡Oh milagro siempre perene, haber dado los cielos esta sutileza al único ser que piensa! Reconoce, pues, que todo ser, bien esté dotado de razon ó de instinto, goza de


  1. Las personas heridas del rayo se consideraban como sagradas y favorecidas del cielo, no solo por varias naciones de la antigüedad, sino por algunas de las orientales.