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A LA LAGUNA NEGRA

en esas alturas un apetito voraz, que no necesita mucho para satisfacerse; pero que invade a cada momento.

El comandante Vidal, tan pronto como llegamos, hizo algunas observaciones astronómicas, tomó la altitud, latitud i lonjitud del sitio que veníamos de escojer para alojamiento.

De sus trabajos resultaba, prosa i ciencia,—que habíamos almorzado a 1006,7 metros sobre el nivel del mar i que cenábamos a 1123,9.

Como a las nueve llegaron las acémilas. Cada cual comenzó entonces a fabricarse su cama, unos debajo del corredor, otros en las habitaciones, en las que habia dos catres con sus colchones i ropas correspondientes. Vidal Gormaz tuvo menor trabajo que cualquiera otro para arreglarse un soberbio lecho: infló su bote de goma, que, a la vez que le sirve para navegar, le ofrece un mullido colchon, e improvisóse así una buena cuya.

De los catres que habia en las habitaciones uno solo fué ocupado por lord Cochrane; ¿para qué acostumbrarse i por pocas horas a lo que no habia de durar?

Una vez arreglado el local escojido para tender nuestros huesos, ya en los pellones de la montura, ya sobre las mantas, como el mismo intendente, que era el primero en darnos el ejemplo de buenos espartanos, todos buscaron en qué pasar un rato ántes de entregarse a los brazos de Morfeo, que en esa noche no batia sus soñolientas amapolas.