quienes no era posible sujetar con ninguna clase de cadenas, ni en cuya compañía era nadie osado á vivir, como consultaban respecto de su dolencia á una bruja que vivia en las montañas de Astúrias, llegando hasta el extremo de acusar á muchas personas de haberlo hechizado, por cuyo motivo Portocarrero aconsejó[1] que se sometiera S. M. á la medrosa ceremonia del exorcismo, la cual se verificó: esta ceremonia puso al Rey más atribulado y lo redujo á mayor extremidad; pero secundó los designios del cardenal, que logró al fin, merced á sus amaños, echar léjos de Cárlos, no al diablo, sino al confesor de S. M.
Hecho esto, lo más importante era desembarazarse de los ministros. Madrid se proveia de víveres por medio de un monopolio ejercido por el gobierno, que se ocupaba de tan delicado negocio como de todo lo demas. Los partidarios de la casa de Borbon supieron utilizar en beneficio de su causa la negligencia administrativa de la de Austria. Faltaron de improviso las provisiones y se encarecieron de manera excesiva los primeros artículos, con lo cual el pueblo se amotinó un dia, acudiendo en tropel á la residencia del Monarca. Se
- ↑ Portocarrero fué extraño á esta cuestion. Su iniciador, por decirlo así, fué Rocaberti, el inquisidor mayor, quien encargó de todo á fray Froilan Diaz. Este entonces, se puso en correspondencia con el P. Argüelles, y entre ambos recetaban y propinaban brebajes á S. M., poniendo en peligro su vida.
Más tarde, se hizo venir de Alemania á fray Mauro Tenda, el cual verificó la ceremonia de exorcizar al Rey con tan grande aparato de voces y conjuros que logró aterrar al paciente. A consecuencia de esto, fueron denunciados á la Inquisicion Diaz y Tenda, ocupando el puesto de confesor fray Nicolás de Torres—Padmota.—N. del T.