artes destruyeron y acabaron su influencia, porque el cardenal, despues de haber ejercido el poder lo bastante para convencer á todos de su incapacidad, recibió la órden de regresar á su sede, maldiciendo su locura y la ingratitud de aquellos á quienes habia servido. Intereses y odios comunes reconciliaron entónces á los rivales; y así se vió que al entrar sin resistencia en Toledo las tropas austriacas, abandonase la Reina viuda el luto que llevaba, presentándose en público cubierta de joyas, y que Portocarrero diese la bendicion desde el altar mayor de su magnífico templo á las banderas de los invasores, iluminando su palacio en honor de aquella redencion. Todo parecia indicar que la lucha terminaria en favor del Archiduque, y que Felipe no tendria otro remedio sino es huir y buscar refugio en los Estados de su abuelo.
Así pensaban al ménos los que no conocian el carácter y los hábitos del pueblo español. Porque si bien es cierto que no hay en Europa un país más fácil de invadir que la España tambien lo es que no hay otro más difícil de conquistar. Nada puede compararse á la débil resistencia, regular y organizada, que la Península puede oponer á un invasor; pero nada es ni puede ser más formidable que la entereza y la energia que despliega cuando la resistencia regular queda vencida. Durante mucho tiempo sus ejércitos han tenido cierta semejanza con las multitudes, pero las multitudes en España poseen en alto grado el espíritu verdaderamente militar; y si, comparados á otros, sus soldados carecen de ciertas dotes militares, las masas poseen esas dotes como si fueran soldados. En ningun país del mundo se ha visto al enemigo apod rarse por sorpresa de fortalezas más inexpugnables; pero tampoco se ha