cian en espectáculo al pueblo congregado en el anfiteatro de Flavio: no hay abolengo más antiguo que el suyo, y si sufrió quebrantos al Norte de Europa, en cambio acrecentó su dominio de una manera prodigiosa allende los mares; ha visto nacer todas las monarquías, poderes y gobienos que existen, y ¡quién sabe si no está destinada á ver su fin! Si era poderosa y grande y respetada la Iglesia católica ántes de que los sajones llegaran á Inglaterra y de que los franceses cruzaran el Rhin, cuando todavía se hallaba floreciente la elocuencia de Atenas en Antioquía y los ídolos recibian culto en el templo de la Meca, poderosa y respetada podrá continuar siendo cuando los viajeros de Nueva Zelanda, sentados en los escombros del puente de Londres y en medio de inmensa soledad, dibujen en sus álbums las ruinas de la catedral de San Pablo.»
Inútil será decir que sólo el convencimiento más reflexivo ha podido inspirar este rasgo de verdadera elocuencia á un protestante tan progresista como lord Macaulay.—Ap. del T.