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GESTA

la masa líquida. Iban en ella dos bizarros mozos, que haciendo esfuerzos inauditos pretenden ahora alcanzar á nado la orilla.

Hay que socorrerles. ¿Qué ánimo noble, qué brazo fuerte irá en su ayuda?

Contemplad la escena. Varios ginetes desenrrollan sus lazos y los lanzan al río. Ellos servirán, tal vez, de cables de salvación. Pero la distancia es enorme. Los bizarros mozos aparecen y desaparecen, como á doscientos metros, sobre el cauce profundo. Los caballos, hundidos hasta el sobaco en un fangal, permanecen allí inmóviles y asustados. De pronto, con movimientos dolorosos, avanzan azuzados por las voces salvajes de sus dueños. Jadean después y lanzan quejidos. Entonces se detienen de nuevo y haciendo girar las caras, ridículamente melancólicas, parecen indicar que les ha invadido la angustia. No pueden más... Y en ese preciso instante los bizarros mocetones desaparecen para siempre en el remolino que ruje. Sus cadáveres surgirán mañana entre