Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/14

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Sanginetti, que sin tener en cuenta el sagrado ministerio de que está revestido, busca con reprensible tenacidad el medio de inmortalizarse, difamando y salpicando de cieno la imájen venerable y pura del nuncio del señor.

 Pero no es sola la figura de Colon la que sobresale en esta historia de su vida. Resalta en ella, una mujer noble, jenerosa, elevada, fiel y magnánima, dechado de virtud, el único ser que mereció asociársele, y el solo que supo apreciar su mérito y el de su inmenso donativo; mujer que, como dice Mr. Desormeaux, unia á la grandeza de alma de un héroe la política profunda y hábil de un ministro, las miras de un lejislador, las cualidades brillantes de un conquistador, la probidad de un buen ciudadano y la rectitud del majistrado mas íntegro; mujer católica por escelencia, añadiremos nosotros, y cuyo recuerdo no debia apartarse nunca de las de su sexo, porque con los hechos de su vida, hasta los que parezcan mas insignificantes, puso de manifiesto lo que la mujer vale y puede cuando comprende y se posee de lo alto y sagrado de la misión á que está destinada; reyna que despues de la de los cielos ni se vió jamás igual ni hubo con quien semejarla; reyna que tuvo mientras vivió, un templo en el pecho de cada súbdito, y que al morir dejó anegados en llanto á sus vasallos, que perdieron con su persona al ánjel tutelar, que los condujo siempre por el sendero del honor, y los cubrió de gloria; reyna que halló al subir al trono "una nacion corrompida y plagada de malhechores, una nobleza díscola, turbulenta y audaz, un sólio vilipendiado