Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/188

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IV.


Oprimióse el corazon de Fr. Juan Perez, al ver de nuevo en la puerta del convento á su antiguo huésped, á su amigo, llevando en su semblante el sello del cansancio, del abatimiento y la pobreza, al cabo de una ausencia de seis años. Mas dolorido quedó cuando supo que aquel grande hombre, harto de luchar con la indiferencia de los sábios, y las temporizaciones de la corte, iba á dejar á España huérfana de sus ideas, y á dotar con ellas á otro pueblo. Se conmovieron su amistad y su patriotismo; tembló por Castilla, al considerarla irremisiblemente privada de los laureles, y de la prosperidad que le daria tal empresa, y rogó á Colon suspendiera su marcha, y reposara algun espacio en su celda. Marchena suplicaba á su hermano en Cristo, á su discípulo en san Francisco, y no podia quedar desatendido, ademas de que la soledad del claustro hacia bien al peregrino jenoves, pues necesitaba recojer su espíritu, descansar de sus fatigas, elevando su alma á Dios, dar nuevo aliento á su esperanza, afirmarse mas y mas en su vocacion, y beber en la fuente misteriosa, para soportar los desprecios, que quizás en otra parte le aguardaran. [1]

  1. El erudito autor de la Historia de Cádiz y su provincia, dice (lib. XVI. cap. I. páj. 373) que, "la civilización antigua por medio de la profecia de Séneca daba aliento á Cristóbal Colon para soportar los desprecios de los pretensos sábios." Lo cual, tratándose de Colon no es razonable, porque, aquel ser privilejiado y eminentemente católico, nunca en sus tribulaciones demandó á la ciencia, es decir, á el árbol de la fruta prohibida, un apoyo que niega á los mansos y humildes; á la relijion si, manantial inagotable de consuelos, cuyas puras aguas, refrijerando su espíritu, acrecentaron mas de una vez en el trascurso de su vida, su esperanza y su fé.
    N. del T.