Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/220

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peligro hizo volver todos los corazones hácia el padre de las misericordias, procurando reconciliarse con él, y confesar sus culpas. Despues fueron procesionalmente al convento de la Rábida con su caudillo á la cabeza, para implorar la proteccion divina, y ponerse bajo el especial amparo de la santísima vírjen. Oyeron misa, y despues de recibir la comunion de manos del P. Juan Perez,[1] tornaron á las carabelas en el mismo órden que habian venido.

 Patética y tierna debió ser aquella ceremonia, pues todos los habitantes de Palos participaban del mismo sentimiento de los marineros. ¡Cuántas lágrimas no regarian la capilla de la vírjen!

 Con el fin de aprovechar el primer viento del Este, todos quedaron consignados á bordo, y ningun oficial tuvo permiso de dormir en tierra. Se izó el pabellon de partenza, y Colon dispuso se le previniera en el acto la presencia del viento deseado. Luego de despedirse de su hijo Diego, que le devolvia su jeneroso maestro, y de confiarlo para que lo condujera á Córdoba al lado de su mujer doña Beatriz, al P. Martin Sanchez y á Rodrigo Cabezudo, venidos de Moguer para abrazarlo, se enerró de nuevo en su celda de la Rábida [2] sin comunicarse á lo que parece mas que con el venerable guardian.

 Ni el temor, ni la idea del peligro le preocupaban; no se cuidaba de los hombres; pero se doblegaba bajo el peso del mandato inmenso: iba á descubrir secretos formidables, tal vez velados á los ojos de los hombres desde la creacion del mundo, y pasaba las horas en consultar á Dios, en oirle y en purificar su corazon, para hacerlo digno de ser templo del Espíritu Santo. Su

  1. Robertson. Historia de América, t. I. lib. II. p. 108.
  2. ”Y despues se fué Colon al mesmo monasterio, y estuvo con el fraile comunicando su viaje, y ordenando su alma y vida, y aperibiéndose primeramente con Dios.” Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral, etc., lib. II. cap. V. fól. 6.