Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/226

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 Despues de tres siglos y medio de esperiencia y de navegacion, no es posible avanzar en el Atlántico cien leguas mas allá de las Azores, sin que asombre la audacia del que primero penetró voluntariamente por aquellas latitudes. A pesar de la distancia á que nos encontramos de dias tan memorables ¡cómo no admirar todavía el arrojo y la fortaleza del que hizo frente á lo invisible, á lo desconocido y á lo formidable; luchó y venció de las preocupaciones de los pilotos, del débil pavor de los marineros y de las mas terribles eventualidades; dominó todas las situaciones; conjuró los fantasmas de la imajinacion, no menos peligrosos que los siniestros del mar; desafió á la ciencia de la época; arrostró los enemigos desconocidos, los monstruos marinos, cuanto existe en suma, en los vientos y en las aguas: las tempestades, los abismos, las corrientes, las trombas, las calmas, el hambre y la muerte del sediento! ¡Un hombre solo atreviéndose contra la voluntad de los hombres á entrar en liza con la inmensidad, y á sondar espacios terribles, que ninguna nave habia surcado, y de donde ningun mortal volvió, si alguna vez la casualidad ó la resolucion llevaron allí seres humanos!..........................................................................................................................

 Vamos á referir prosáica; pero clara y sucintamente los detalles de una navegacion, cuya mas insignificante singladura eclipsa el lustre mitolójico de los argonáutas, y de cuantas espediciones marítimas hubo en la antigüedad; de una tentativa católica en el Océano para promulgar el Evanjelio en el resto de la gran familia humana, diseminada mas allá de los mares; de los reiterados prodijios del valor y del injenio inspirado por la fé y dominador de todos los obstáculos; de las maravillas sin ejemplo, que casi no son dignas de celebrar, ni la lira de la epopeya, ni el arpa de los mas sublimes acordes. Sigamos braza á braza, el surco de las naves del heraldo de la cruz, y las maniobras y las viradas de