Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/241

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temeridad maldita. La imajinacion de los marineros abundaba en pavorosos pensamientos, consecuencia lójica de las pláticas que tenian en sus veladas de invierno, ya acerca de las rejiones inhabitables del mundo al mediodia; ya sobre el jigante submarino del Norte, Craken, espantoso pólipo que mientras ajitaba un brazo en el mar Blanco, revolvia con el otro el Océano Jermánico; ya de las insaciables sirenas, de los frailes del mar, de los crueles obispos, y del sin número de monstruos grandes y pequeños que arrastraban á los bajeles en los torbellinos. Entre los oficiales, los de mas firmeza, sin ponderar los peligros verdaderos, temian que las quillas chocaran contra los arrecifes, que tal vez cubria la verdura, y zozobrar sin poder cojer tierra, en sitios donde seria imposible salvarse en canoas, porque los remos quedarian enredados en sus largas y rizadas yerbas.

 Otro motivo no menos constante de inquietud traia cabizbaja á la jente. Consistia en que, cuanto mas se avanzaba, el viento, de una estrema suavidad, parecia impelirlos de continuo al O. Nunca en los mares conocidos se habia observado tal constancia, y de aquí deducian, que esto tan favorable para llevarlos á las inciertas tierras de occidente, formaria un obstáculo insuperable para volver, y que para siempre quedarían privados de tornar á su patria.

 El 22 de Setiembre, se puso el timón al ONO. y se anduvieron sobre treinta leguas: las yerbas lejos de aumentar comenzaron á desaparecer, á medida que avanzaba la flotilla: se vieron paviotas y otras aves; mas la tripulación, cuyo pavor iba trocándose en desesperacion, ni siquiera hizo alto en ellas. La fijeza del viento entraba por mucho en su zozobra, y á duras penas procuraba tranquilizarla Colon con esplicaciones cosmográficas, pues ya no le daba oidos, habiendo cesado de creerlo, y no atendía ni á sus promesas, ni á sus amenazas. El respeto á su autoridad y la sumision