Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/372

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CAPITULO XII.


I.


A primera vista parecerá dificil creer que un hombre que como Colon tuvo que sufrir en silencio ya el tono de proteccion, ya las palabras de lástima de aquellos que le veian, y le dejaban vejetar en las antesalas, al encontrarse repentinamente solicitado y agasajado por los mismos, no se hubiera envanecido de su triunfo, y tomado con ellos el desquite, que le ofrecia la fortuna. Sin embargo no se encuentra en él ni el menor indicio de debilidad, y todos sus historiadores están unánimes en los elojios que tributan á su modestia en estas circunstancias, como siempre. Todo su anhelo era ir á Roma, para poner á los pies del soberano pontífice las relaciones de sus viajes, é implorar gracias espirituales; pero el mejor servicio de los reyes le impedia esta ausencia, tanto mas, cuando don Juan II de Portugal, aconsejado por los suyos, se preparaba clandestinamente á preceder á Castilla en las espediciones sucesivas. Asi es que no bien hubieron recibido don Fernando y doña Isabel ciertos avisos confidenciales de aquella corte, la cual por su parte pagaba ajentes secretos en la de España, para estar al corriente de sus proyectos, desplegaron una grande actividad.

En el solo dia 23 de Mayo firmaron diezisiete ordenanzas, cédulas y despachos relativos á la espedicion. Abrieron luego un crédito para el pago de los correos