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ANTÓN P. CHEJOV

—A propósito. Durante tu ausencia leí no pocas atrocidades sobre aquellos guías... ¿Es cierto que son tan perversos?

Natalia Mihailovna hace una mueca y mueve la cabeza negativamente.

—Son tártaros como todos los demás tártaros—contesta—. Pero, después de todo, yo no los vi mas que de lejos una o dos veces... Me los indicaron, pero no les hice caso... Sentía siempre aversión hacia toda clase de circasianos, griegos, moros...

—Parece que son unos tenorios.

—Puede ser... Hay algunas descaradas que... Natalia Mihailovna salta de su silla, y con ojos dilatados, como si viese algo terrorífico, le dice a su marido, recalcando las frases:

—¡Vasitchka! ¡Qué mujeres tan ligeras se encuentran!... ¡Qué inmorales!... Y no de baja extracción o de clase media, no, ¡aristócratas, del mejor mundo!... ¡Yo lo veía y no lo creía! ¡No podré nunca olvidarlo! Es posible carecer de principios hasta tal punto... que no me atrevo a contarlo... Tomaremos por ejemplo mi compañera Julia Petrovna... Tiene un marido tan simpático, dos hijos, forma parte de la mejor sociedad..., quiere pasar por una santa, y ¿sabes lo que hacía?... No te lo puedes figurar...; pero esto quedará entre nosotros... ¿Me das tu palabra que no lo contarás a nadie?

—¡Vaya qué idea! ¿A quién se lo voy a contar?