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HISTORIAS ESTRAORDINARIAS.

cha envenenada de un bengalí. Ese oficial era mi amigo mmas querido, era Oldeb. Vereis por este manusèrito, —aguí el narrador sačó: un libro de notas mas que cartera algunas; de cuyns páginas parccian; recien escrifas, en que mientras que vos pensábais esas cosas en la montaña, estaba yo ocupado en describirlas, ó de trasladarlas al papel.

Una semana despues de esta conversacion apareció un periódico de Carlottesville el artículo siguiente:

«Tenemos el sentimiento de anunciar el fallecimiento de Mr. Augusto Bedloe, caballero que con su agradable trato y muchas virtudes se habia granjeado el aprecio đe los ciudadanos del Carlottesville.

»Mr. B. padecia desde algunos años una neurálgica que varias veces habia puesto en riesgo su existencia, pero no puede considerărse como la causa inmediata de su muerte.

»Esta ha sido de un carácter, raro y especial: en una escursion que hizo dias pasados á Ragged Mountains, contrajo un ligero pasmo con calentura á que sobrevino una conjestion sanguinea. El doctor Templeton, para aliviarle, recurrió á una evacuacion topica de sangre, y se le pusieron sanguijuelas á las sienes. El, enfermo murió á muy paco, en un tiempo horriblemente corto, y viendo, que causa habria podido acarrear tan inesperada catástrofe, se encontró en el frasquito que contenia las sanguijuelas, una de esas sanguijuelas vermiculares venenosas que se encuentran de vez en cuando en los estanques circunvecinos.

»Esta sanguijuela se clavó espantosamente en un ramo de la arteria de la sien derecha: su mucha semejanza con la sanguijuela medicinal hizo que no se advirtiese á tiempo la fatal presencia del animalucho venenoso.

»N. B. La sanguijuela venenosa de Carlottesville puede distinguirse siempre de la medicinal por su color negro, y especialmente por sus giros ó movimientos vermiculares que se parecen mucho á los de la culebra.»

Me encontré con el editor del periódico en cuestion y hablamos de este estraño accidente, cuando me ocurrió preguntarle por qué se habia impreso el nombre del difunto con la ortografía Bedlo.

—Presumo, dije, que tendríais alguna autorizacion para eşcribirlo así; pues yo tenia entendido que ese apellido debia escribirse con e final.

—¡Autorizacion! replicó, no. Es un simple error de caja. EL apellido es Bedloe con e final; eso es sabido de todo el mündo, y yo jamás lo he visto escrito de otro modo.

—Es posible, repliqué yo despidiéndome y dando media vuelta para andar, que una verdad sea mas estraña que todas las ficciones, porque ¿qué viene á ser Bedlo sin e, sino Oldeb al revés? ¡Y este hombre dice que es un error de caja!

MORELLA.


El mismo, por si mismo, con-
sigo mismo, homogéneo eterno.


El afecto que yo esperimentaba hácia mi amiga Morella, era un afecto muy profundo, pero muy estraño. Habiéndola conocido hace muchos años, por casualidad, mi alma desde nuestro primer encuentro ardió en fuego que jamás habia esperimentado. Pero este fuego no era de Eros, y fué para mí un amargo tormento la conviccion creciente de que no podria nunca conocer su carácter ó índole particular, ni regularizar su intensidad errática. Sin embargo, nos convinimos y unimos nuestro
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