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IV — GIBRALTAR ABIERTO

Y todos á la vez la cabalgan por Norte, Oriente y Ocaso, descuartizándola con bocas de gigantescos caimanes, con enronquecido acento diciéndome que engullirían los flameantes escombros del universo.


Mira como los polos lanzan también sus nublados que Aquilón y Ábrego allegan á sus rebaños; apíñanse y se condensan, al chasquido de mi flamigero azote, que azuzador los enciende.


¿No oyes el baladro del incendio por cima de las nubes? Es una tromba de rayos que desciende. ¿No percibes otros en el fondo? Son del infierno, que se abre para, entre Arpías y Furias, recibirla en su seno.


¿No escuchas como chilladoras revolotean doquiera, empujándola y colgándose de sus piés en repugnante enjambre? al par que ronco me pregunta el abismo á que la arrastran «¿por qué, haciéndole hambrear, no le arrojo este pan?»


Acude, es hora ya; apresúrate; si tienes pecho fuerte, baja del Calpe al agua, trasponla de un salto, saca á Hesperis de ese mar que la abruma, que obedecer debo al que me hostiga, terrible Dios de las alturas.—