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IV — GIBRALTAR ABIERTO

Junté los continentes, al separarlos de las aguas, para que aunadas sus lenguas me ensalzasen; mas oblígame el pecado ¡con cuánto dolor! á dispersarlos; ¿qué mal te hice, hijo de Eva, para que así me ofendas?


¿Por qué el barro de que te formé me arrojas al rostro? Ni ceso yo de amarte, ni tú de aborrecerme. Del diluvio al recuerdo, tiembla el mundo todavía, y otro pide ya con sus crímenes la Atlántida.


Pronto, empero, á la que mis santos preceptos borró de su corazón, cual palabra mal escrita, yo borraré del mundo; y los venideros siglos no sabrán decir á los siglos, dó yacen los antiguos Atlantes, ni sus tronos, ni sus sepulcros.


Rompe, oh mar, la valla de arena que te aprisiona; fuego de los abismos: estalla debajo de las aguas; caed sobre ella, negros nubarrones, cual lobos sobre la presa; atéalos tú, Ángel mio, y dásela á tragar.


¡Oh! atasca en la rodada el carro de sus triunfos; arroja ese vaso de ponzoña, no lo beban otros; á hachazos astilla el árbol de la historia; dispersa los pueblos; hiende la tierra que se corrompe.