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V — LA CATARATA

Horripilantes chillidos, blasfemias, ayes, gritería, lúgubres acentos de la fosa, dulces vagidos de la cuna, forman coro con el feral baladro y los aúllos con que lamentan los bosques el ocaso del sol postrimero.


De Pompeya, al velarla el Vesubio con su manto, de Troya y de Pentápolis, resuenan estentóreos gemidos, los espeluznos, el rebramar de aguas y mónstruos del diluvio, y el estallido de la nave del mundo al quebrajarse.


De pies en el cieno, sepultos en espuma, responden los montes con ayes y quejidos, y se percibe, cual si Genios del mal derrocasen sus entrañas, rumor de golpes, desgalgaduras y hundimientos.


Bajo la cuchilla forcejen la víctima; mas—Oveja, — parece decirle el Angel:—será en vano que resistas: quien deshoja tus selvas, quien raja tus cerros, quien trasquila tus campos de aurífero vellón, viene á desollarte.—


En torno suyo azóranse y trepidan los reinos todos, corderos que han visto la oveja del matador en manos; y, dislocados sus huesos y sus miembros, jadea el mundo, sintiendo que le arrebatan el corazón de entre los brazos.