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V—LA CATARATA

No bien, de las olas al empuje, méllase el Calpe, agólpanse en cascada, aullando como fieras; y á cada laja de sierra que las cayentes aguas voltean, más ensancha sus fauces la engullidora vorágine.


—¿Qué desciende,—exclama un niño,—de Gibraltar, en tropel? No son, no, los carneros que á pacer venían; son bramadores monstruos de erizadas crines; ¡madres, madrecita mía, van á estrujarnos á todos!


—Á todos,—añade ella;—tus palabras me rompen las alas del corazón; ven á mis brazos, hijo mío; ¿á qué huir? huid, huid vosotros, alados pájaros; yo, con quien más amo, aquí aguardo que vengan á devorarme. —


El Volga, el Ródano, el Ganges y cien ríos, con sus arenales y rocas, parece que allí caen en enmarañado turbión; así, oh tenebrosa eternidad, sin fondo ni riberas, engulles famélica generaciones y siglos.


Y se enciman y rehacen, y, trastornados doquier en remolino, frenéticos, mar sobre mar, precipitánse en los cóncavos, de donde, entre hervorosas espumas y vientos que se embravecen, diríase que renace el caos, cuna y sepulcro de los mundos.