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V — LA CATARATA

Vuelan por los aires las yeguas de trilla, con la era, la derruída alquería, segadores y gavillas; forman un haz entre olas árboles y leñadores, y la fosa revuelve muertos con sepultureros.


Atropellando cadáveres de pueblos y de bosques, que se agitan con las nubes en hedionda mezcolanza, camina y nada Alcides hacia el huerto de los cánticos, recreo ya de morsas, torpedos y cachalotes.


Junto á él ondea una naciente isla su verde ropaje, del que, colgándose blancos baladores corderillos, temen ser presa de las marinas lobas, cuando, juntamente con la isla, nueva oleada los arrastre á los profundos.


Garridas doncellas le llaman desde lo alto de una palmera, lívidos tendiéndole los níveos brazos, y de sus musculosas rodillas y blonda cabellera se cuelgan tiernos infantes, amortecidos de frío.


Todo lo esquiva el griego, y empuja á diestro y siniestro, muertos y vivos, rebaños y maleza, buscando á la gentil Hespéris, la de negros ojos, á la llama gigantea de resinoso pino, que el viento aviva.