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V — LA CATARATA

De súbito, con plañideros ayes y acento virginal, penetrantes hiérenle el corazón sus alaridos, cual los píos y los tristes suspiros del jilguero, si arrastra la crecida sus gárrulos pequeñuelos.


No lejos de las Hespérides, en el huerto cuyas flores yacen deshojadas cual su vida, laméntase la triste madre, cuando el fulgor de la terrorifica antorcha hiere su vista, y el miedo y la esperanza luchan en su corazón.


Es quien soltó en su reino los mares: ¿viene acaso á aguijarlos, ó, de ella condolido, á conducirla á puerto? Mas, ¿cómo abandonar á sus hijas? ¿cómo soñar en dejarlas? Jamás: entre sus brazos antes afrontar la muerte.


¡Oh célica pureza! apareciste entonces como un ángel, mostrándole el camino de la Bética,—ven,— diciéndole,—si anhelas conservar tu lirio;—y al punto, de ti en pos, todo lo abandonó.


Vierte el postrer llanto con sus hermosas Hespérirides, que mueren arrecidas debajo del naranjo como dedos de mano gafa; y á la sombra en que tan dichosas fueron al dejarlas cadáveres, también serlo quisiera.