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VI—HESPERIS

Á las veces, dejándolos con sus juegos en el herbaje, bajábamos á solazarnos á un río bullicioso; su nido de toronjil, sauces en flor y brezo emprestrando á los cisnes de blancas alas.


Allí rememorábamos la alborada de nuestra doncellez; de mis Hespérides los ojos; su soñadora frente; arrullándonos con frases inocentes de esposos enamorados, cuyo dulce recuerdo me parte el corazón.


¡De Mayo fragrantes ensueños! ¡cuán tempranamente os desvanecisteis! Ahora, entre espinas, sólo suspirar sabe el alma, y, después de haberla con besos y aleteos adormido, no más que á plañir acierta; mis ojos á llorar tan sólo.


De unos madroños á la sombra adormecióse Atlas; era un cálido mediodía de sol y de bochorno; de ellos lejos, oyendo que con sus ovejas jugueteaban mis rubios pequeñuelos, acerquéme á gozar de la frescura de las aguas.


Cuando un ave, que á intervalos venía á deleitarnos, vuela, por mala ventura mía, hermosa como un astro, á distraer de sus juegos á mi candorosa prole, con su pico de oro y su plumaje del azul de los cielos.