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IX—LA TORRE DE LOS TITANES

¿Quién romperá los brazos con que se aferra á su cuello, como diciendo: «no me abandonéis, hermanas de mi alma»? ¡oh divino poder! húndense, rotos de risco en risco, y sólo queda en las aguas un escarceo que mengua, mengua y muere.


Envaina entonces el Genio su abismadora espada. Cómo dió el terrible golpe mi labio á decir no acierta; contarlo podría sólo su voz retronadora, que el mundo no oirá de nuevo hasta su acabamiento.


Mas hé aquí desuncida ya el África de la Europa, mientras entre ambas un mar mayor se sobrepone á los mares, y desgajada y bipartida la tierra, desfoga por nuevos volcanes las llamas de su seno.


Cuando el hortelano ve correr el agua por el surco que ha abierto, detiénese reclinado en el mango de la azada; asi el Ángel espera que se allane el más alto cerro, y, ofreciéndole la luna argentado estribo, remóntase á los cielos.


Desde allí, con pesadumbre, vuélvese centelleador hacia los restantes continentes,—á más ver,—diciéndoles;—cuando torne, de llamas serán los mares que os recubran: temed á Dios, que se acerca el día del juicio tremendo.—