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X—LA NUEVA HESPERIA

Por la serena pupila de un ángel tómanlo las pastorcillas; los brillantes, empero, que, al alborear, rocían sus sienes, se dice que son ¡oh Hesperis! lágrimas que derraman tus ojos al despedirse del híspano jardín.


Á sus hijos y nietos nos legó su dulce lira, á la que el griego debió de añadir vibrantes cuerdas de oro; pues cuando canta guerras y suspira de amor, aun evoca tempestades ó adormece el alma.


Fuente que derramas por la tierra la célicas armonías, sigue, oh lira, vertiendo himnos matinales; espárcelos, cual bandada de parjarillos, por llanos y por montes; y canta á mi patria sus nunca escritos anales.


Así como los vástagos salen al añoso roble, sus hijos parecidos son al domador de monstruos; y es fama que sus nietos harán fluctuar el mundo, como góndola al poner en ella los pies el timonel.


Decíales un día, siendo aún muy jóvenes, que al saltar al mar, desde la falda de Montjuich, había jurado que edificaría una ciudad de alto renombre.—Vamos allá,— añaden todos;—queremos ayudaros.—