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LA ILÍADA

batiendo alrededor de la ciudad, y tu corazón te ha impulsado á volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos á Júpiter. Pero aguarda, traeré vino dulce como la miel para que lo libes al padre Jove y á los demás inmortales, y puedas también, si bebes, recobrar las fuerzas. El vino aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear por los tuyos.»

263 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «No me des vino dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y me hagas perder valor y fuerza. No me atrevo á libar el negro vino en honor de Júpiter sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Saturnio, el de las sombrías nubes, cuando se está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega á las matronas, llévate perfumes, y entrando en el templo de Minerva, que impera en las batallas, pon sobre las rodillas de la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota á la diosa sacrificar en su templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero cuya valentía causa nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Minerva, que impera en las batallas, y yo iré á la casa de Paris á llamarle, si me quiere escuchar. ¡Así la tierra se lo tragara! Crióle el Olímpico como una gran plaga para los troyanos y el magnánimo Príamo y sus hijos. Creo que si le viera descender al Orco, olvidaríase mi alma de los enojosos pesares.»

286 De esta suerte se expresó. Hécuba, volviendo al palacio, llamó á las esclavas, y éstas anduvieron por la ciudad y congregaron á las matronas; bajó luego al fragrante aposento donde se guardaban los peplos bordados, obra de las mujeres que se llevara de Sidón el deiforme Alejandro en el mismo viaje en que robó á Helena, la de nobles padres; tomó, para ofrecerlo á Minerva, el peplo mayor y más hermoso por sus bordaduras, que resplandecía como un astro y se hallaba debajo de todos, y partió acompañada de muchas matronas.

297 Cuando llegaron á la acrópolis, abrióles las puertas del templo Teano, la de hermosas mejillas, hija de Ciseo y esposa de Antenor, domador de caballos, á la cual habían elegido los troyanos sacerdotisa de Minerva. Todas, con lúgubres lamentos, levantaron las manos á la diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso sobre las rodillas de Minerva, la de hermosa cabellera, y orando rogó así á la hija del gran Jove: