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LA ILÍADA

112 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse de sus yeguas los bravos escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso; y habiendo subido ambos héroes al carro de Diomedes, Néstor cogió las lustrosas riendas y avispó á los caballos, y pronto se hallaron cerca de Héctor, que cerró con ellos. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, y si bien erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla á Eniopeo, hijo del animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas: Eniopeo cayó del carro, cejaron los corceles y allí terminaron la vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle en el suelo y buscó otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los veloces caballos sin conductor, pues Héctor encontróse con el ardido Arqueptólemo Ifítida, y haciéndole subir, le puso las riendas en la mano.

130 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido y los teucros habrían sido encerrados en Ilión como corderos, si al punto no lo hubiese advertido el padre de los hombres y de los dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un ardiente rayo para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el azufre encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados, acurrucáronse debajo del carro; las lustrosas riendas cayeron de las manos de Néstor, y éste, con miedo en el corazón, dijo á Diomedes:

139 «¡Tidida! Tuerce la rienda á los solípedos caballos y huyamos. ¿No conoces que la protección de Júpiter ya no te acompaña? Hoy Jove Saturnio otorga á ése la victoria; otro día, si le place, nos la dará á nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir los propósitos de Júpiter, porque el dios es mucho más poderoso.»

145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea: «Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al corazón y al alma. Quizás diga Héctor, arengando á los teucros: El Tidida llegó á las naves, puesto en fuga por mi lanza. Así se jactará; y entonces ábraseme la vasta tierra.»

151 Replicóle Néstor, caballero gerenio: «¡Ay de mí! ¡Qué dijiste, hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y débil, no le creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los teucros magnánimos, escudados, cuyos esposos florecientes en el polvo derribaste.»

157 Dichas estas palabras, volvió la rienda á los solípedos caballos, y empezaron á huir por entre la turba. Los teucros y Héc-