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CANTO UNDÉCIMO

67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de un campo de trigo ó de cebada de un hombre opulento, y los manojos de espigas caen espesos; de la misma manera, teucros y aqueos se acometían y mataban, sin pensar en la perniciosa fuga. Igual andaba la pelea, y como lobos se embestían. Gozábase en verlos la luctuosa Discordia, única deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los demás dioses permanecían quietos en sus palacios construídos en los valles del Olimpo y acusaban al Saturnio, el dios de las sombrías nubes, porque quería conceder la victoria á los teucros. Mas el padre no se cuidaba de ellos; y, sentado aparte, ufano de su gloria, contemplaba la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo del bronce, á los que mataban y á los que la muerte recibían.

84 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los tiros alcanzaban por igual á unos y á otros y los hombres caían. Cuando llegó la hora en que el leñador prepara el almuerzo en la espesura del monte, porque tiene los brazos cansados de cortar grandes árboles y su corazón apetece la agradable comida, los dánaos, exhortándose mutuamente por las filas y peleando con bravura, rompieron las falanges teucras. Agamenón, que fué el primero en arrojarse á ellas, mató á Bianor, pastor de hombres, y á su compañero Oileo, hábil jinete. Éste se había apeado del carro para sostener el encuentro, pero el Atrida le hundió en la frente la aguzada pica, que atravesó el casco—á pesar de ser de duro bronce—y el hueso, conmovióle el cerebro y postró al guerrero cuando contra aquél arremetía: Después de quitarles á entrambos la coraza, Agamenón, rey de hombres, dejólos allí, con el pecho al aire, y fué á dar muerte á Iso y á Ántifo, hijos bastardo y legítimo, respectivamente, de Príamo, que iban en el mismo carro. El bastardo guiaba y el ilustre Ántifo combatía. En otro tiempo Aquiles, habiéndolos sorprendido en un bosque del Ida, mientras apacentaban ovejas, atólos con tiernos mimbres; y luego, pagado el rescate, los puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamenón Atrida le envasó á Iso la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y á Ántifo le hirió con la espada en la oreja y le derribó del carro. Y al ir presuroso á quitarles las magníficas armaduras, los reconoció; pues los había visto en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies ligeros, se los llevó del Ida. Bien así como un león penetra en la guarida de una ágil cierva, se echa sobre los hijuelos y despedazándolos con los fuertes dientes les quita la tierna vida, y la madre no puede socorrerlos, aunque