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LA ILÍADA

gran Saturno! Fácilmente adormecería á cualquier otro de los sempiternos dioses y aun á las corrientes del río Océano, que es el padre de todos ellos, pero no me acercaré ni adormeceré á Júpiter Saturnio, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu mandato el día en que el animoso hijo de Jove se embarcó en Ilión, después de destruir la ciudad troyana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Júpiter, que lleva la égida, difundiéndome suave en torno suyo; y tú, que te proponías causar daño á Hércules, conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre el ponto y lo llevaran á la populosa Cos, lejos de sus amigos. Júpiter despertó y encendióse en ira: maltrataba á los dioses en el palacio, me buscaba á mí, y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del éter al ponto, si la Noche, que rinde á los dioses y á los hombres, no me hubiese salvado; lleguéme á ella, y aquél se contuvo, aunque irritado, porque temió hacer algo que á la rápida noche desagradara. Y ahora me mandas realizar otra cosa peligrosísima.»

263 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Sueño! ¿Por qué en la mente revuelves tales cosas? ¿Crees que el longividente Júpiter favorecerá tanto á los teucros, como en la época en que se irritó protegía á su hijo Hércules? Ea, ve y prometo darte, para que te cases con ella y lleve el nombre de esposa tuya, la más joven de las Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelas.»

270 Así habló. Alegróse el Sueño, y respondió diciendo: «Jura por el agua sagrada de la Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses subtartáreos que están con Saturno, que me darás la más joven de las Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelo.»

277 Así dijo. No desobedeció Juno, la diosa de los níveos brazos, y juró, como se le pedía, nombrando á todos los dioses subtartáreos, llamados Titanes. Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube, dejaron atrás á Lemnos y la ciudad de Imbros, y siguiendo con rapidez el camino llegaron á Lecto, en el Ida, abundante en manantiales y criador de fieras; allí pasaron del mar á tierra firme, y anduvieron haciendo estremecer bajo sus pies la cima de los árboles de la selva. Detúvose el Sueño, antes que los ojos de Júpiter pudieran verle, y encaramándose en un abeto altísimo que naciera en el Ida y por el aire llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la montaraz ave canora llamada por los dioses calcis y por los hombres cymindis.