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LA ILÍADA

342 Tal fué su orden. Vulcano, arrojando una abrasadora llama, incendió primeramente la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros á quienes había muerto Aquiles; secóse el campo, y el agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Vulcano dirigió al río la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y los tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia habían crecido junto á la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían y saltaban acá y allá, en los remolinos ó en la corriente, oprimidos por el soplo del ingenioso Vulcano. Y el río, quemándose también, así hablaba:

357 «¡Vulcano! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de la ciudad á los troyanos. ¿Qué interés tengo en la contienda ni en auxiliar á nadie?»

361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía. Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña seca arde debajo; así la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el agua hervía, y no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Vulcano. Y el río, dirigiendo muchas súplicas á Juno, estas aladas palabras le decía:

369 «¡Juno! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome á mí solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos los demás que favorecen á los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré no librar á los troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue á ser pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.»

377 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras, dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:

379 «¡Vulcano, hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que á causa de los mortales, á un dios inmortal atormentemos.»

381 Tal dijo. Vulcano apagó la abrasadora llama, y las olas retrocedieron á la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fué vencido, él y Vulcano cesaron de luchar; porque Juno, aunque irritada, los contuvo.

385 Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los