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CANTO VIGÉSIMO PRIMERO

Diana, que de las fieras es señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:

472 «¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria á Neptuno, concediéndole inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo á cuerpo con Neptuno.»

478 Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada respondió. Pero la venerable esposa de Júpiter, irritada, increpó á Diana, que se complace en tirar flechas, con injuriosas voces:

481 «¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte á mí? Difícil te será resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Júpiter te haya hecho leona entre las mujeres y te permita matar á la que te plazca. Mejor es cazar en el monte fieras agrestes ó ciervos, que luchar denodadamente con quienes son más poderosos. Y si quieres probar el combate, empieza, para que sepas bien cuanto más fuerte soy que tú; ya que contra mí quieres emplear tus fuerzas.»

489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso á golpear con éstos las orejas de Diana, que volvía la cabeza, ora á un lado, ora á otro, mientras las veloces flechas se esparcían por el suelo. Diana huyó llorando, como la paloma que perseguida por el gavilán vuela á refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no había dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual manera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero Argicida, dijo á Latona:

498 «¡Latona! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con las esposas de Júpiter, que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha, ante los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.»

502 Tal dijo. Latona recogió el corvo arco y las saetas que habían caído acá y allá, en medio de un torbellino de polvo; y se fué en pos de la hija. Llegó ésta al Olimpo, á la morada de Jove erigida sobre bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divino velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Saturnio cogióla en el regazo; y sonriendo dulcemente, le preguntó:

509 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?»

511 Respondióle Diana, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva en las sienes hermosa diadema: «Tu esposa Juno, la de los níveos