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CANTO VIGÉSIMO TERCERO

á todos les excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si Aquiles no se hubiese acercado á Agamenón para decirle:

156 «¡Oh Atrida! Puesto que los aquivos te obedecerán más que á nadie, y tiempo habrá para saciarse de llanto, aparta de la pira á los guerreros y mándales que preparen la cena; y de lo que resta nos cuidaremos nosotros, á quienes corresponde de un modo especial honrar al muerto. Quédense tan sólo los caudillos.»

161 Al oirlo, el rey de hombres Agamenón despidió la gente para que volviera á las naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del funeral amontonaron leña, levantaron una pira de cien pies por lado, y, con el corazón afligido, pusieron en ella el cuerpo de Patroclo. Delante de la pira mataron y desollaron muchas pingües ovejas y bueyes de tornátiles pies y curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la grasa de aquéllas y de éstos, cubrió con la misma el cadáver de pies á cabeza, y hacinó alrededor los cuerpos desollados. Llevó también á la pira dos ánforas, llenas respectivamente de miel y de aceite, y las abocó al lecho; y exhalando profundos suspiros, arrojó á la hoguera cuatro corceles de erguido cuello. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban de su mesa, y degollando á dos, echólos igualmente en la pira. Siguiéronles doce hijos valientes de troyanos ilustres, á quienes mató con el bronce, pues el héroe meditaba en su corazón acciones crueles. Y entregando la pira á la violencia indomable del fuego para que la devorara, gimió y nombró al compañero amado:

179 «¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Orco! Ya te cumplo cuanto te prometiera. El fuego devora contigo á doce hijos valientes de troyanos ilustres; y á Héctor Priámida no le entregaré á la hoguera, sino á los perros para que lo despedacen.»

184 Así dijo en son de amenaza. Pero los canes no se acercaron á Héctor. La diosa Venus, hija de Júpiter, los apartó día y noche, y ungió el cadáver con un divino aceite rosado para que Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió el espacio ocupado por el muerto con una sombría nube que hizo pasar del cielo á la llanura, á fin de que el ardor del sol no secara el cuerpo, con sus nervios y miembros.

192 En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Patroclo no ardía. Entonces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: apartóse de la pira, oró á los vientos Bóreas y Céfiro y votó ofrecerles solemnes sacrificios; y haciéndoles repetidas libaciones con