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LA ILÍADA

de libaciones ni de víctimas, que tales son los honores que se nos deben. Desechemos la idea de robar el cuerpo del audaz Héctor; es imposible que se haga á hurto de Aquiles, porque siempre, de noche y de día, le acompaña su madre. Mas si alguno de los dioses llamase á Tetis, yo le diría á ésta lo que fuera oportuno para que Aquiles, recibiendo los dones de Príamo, restituyese el cadáver de Héctor.»

77 Así se expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán, para llevar el mensaje; saltó al negro ponto entre la costa de Samos y la escarpada de Imbros, y resonó el estrecho. La diosa se lanzó á lo profundo, como desciende el plomo asido al cuerno de un buey montaraz en que se pone el anzuelo y lleva la muerte á los voraces peces. En la profunda gruta halló á Tetis y á otras muchas diosas marinas que la rodeaban: la ninfa, sentada en medio de ellas, lloraba por la suerte de su hijo, que había de perecer en la fértil Troya, lejos de la patria. Y acercándosele Iris, la de los pies ligeros, así le dijo:

88 «Ven, Tetis, pues te llama Júpiter, el conocedor de los eternales decretos.»

89 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «¿Por qué aquel gran dios me ordena que vaya? Me da vergüenza juntarme con los inmortales, pues son muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no obstante, iré para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto.»

93 En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó un velo tan obscuro que no había otro que fuese más negro. Púsose en camino, precedida por la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, y las olas del mar se abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas á la playa, ascendieron al cielo y hallaron al longividente Saturnio con los demás felices sempiternos dioses. Sentóse Tetis al lado de Júpiter, porque Minerva le cedió el sitio; y Juno le puso en la mano la copa de oro que la ninfa devolvió después de haber bebido. Y el padre de los hombres y de los dioses comenzó á hablar de esta manera:

104 «Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado por vehemente pesar. Lo sé. Pero, aun así y todo, voy á decirte por qué te he llamado. Hace nueve días que se suscitó entre los inmortales una contienda referente al cadáver de Héctor y á Aquiles, asolador de ciudades, é instigaban al vigilante Argicida á que hurtase el muerto; pero yo prefiero dar á Aquiles la gloria de