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LA ILÍADA

demás lo hagan. Pues Aquiles no es insensato, ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de respetar á un suplicante.»

159 Tal dijo. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán, para llevar el mensaje; y llegando al palacio de Príamo, oyó llantos y alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, bañaban sus vestidos con lágrimas; y el anciano aparecía en medio, envuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza y en el cuello abundante estiércol que al revolcarse por el suelo había recogido con sus manos. Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados que yacían en la llanura por haber dejado la vida en manos de los argivos. La mensajera de Júpiter se detuvo cerca de Príamo y hablándole quedo, mientras al anciano un temblor le ocupaba los miembros, así le dijo:

171 «Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes; que no vengo á presagiarte males, sino á participarte cosas buenas: soy mensajera de Júpiter, que aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo; ve solo y ningún troyano se te junte. Te acompañe un heraldo más viejo que tú, para que guíe los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego á la población el cadáver de aquel á quien mató el divino Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe tu ánimo, pues tendrás por guía al Argicida, el cual te llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando hayas entrado en la tienda del héroe, éste no te matará é impedirá que los demás lo hagan. Pues Aquiles no es ni insensato, ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de respetar á un suplicante.»

188 Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies ligeros. Príamo mandó á sus hijos que prepararan un carro de mulas, de hermosas ruedas, pusieran encima una arca y la sujetaran con sogas. Bajó después al perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado techo y guardaba muchas preciosidades; y llamando á su esposa Hécuba, hablóle en estos términos:

194 «¡Hécuba infeliz! La mensajera del Olimpo ha venido por orden de Júpiter á encargarme que vaya á las naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ea, dime ¿qué piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi corazón me instigan á ir allá, hacia las naves, al campamento vasto de los aqueos.»

200 Así dijo. La mujer prorrumpió en sollozos, y respondió diciendo: «¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia que antes te hizo célebre