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LA ILÍADA

de la dorada Venus, que no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos á su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén á los demás teucros y á los aqueos todos, y dejadnos en medio á Menelao, caro á Marte, y á mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el que venza, por ser más valiente, lleve á su casa mujer y riquezas; y después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos á la Argólide, criadora de caballos, y á la Acaya, de lindas mujeres.»

76 Así habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron quietas. Los aqueos, de larga cabellera, le arrojaban flechas, dardos y piedras. Pero Agamenón, rey de hombres, gritóles con recias voces:

82 «Deteneos, argivos; no tiréis, jóvenes aqueos; pues Héctor, de tremolante casco, quiere decirnos algo.»

84 Así se expresó. Abstuviéronse de combatir y pronto quedaron silenciosos. Y Héctor, colocándose entre unos y otros, dijo:

86 «Oíd de mis labios, teucros y aqueos, de hermosas grebas, el ofrecimiento de Alejandro por quien se suscitó la contienda. Propone que teucros y aqueos dejemos las bellas armas en el fértil suelo, y él y Menelao, caro á Marte, peleen en medio por Helena y sus riquezas todas: el que venza, por ser más valiente, llevará á su casa mujer y riquezas, y los demás juraremos paz y amistad.»

95 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y Menelao, valiente en la pelea, les habló de este modo:

97 «Ahora, oídme también á mí. Tengo el corazón traspasado de dolor, y creo que ya, argivos y teucros, debéis separaros, pues padecisteis muchos males por mi contienda que Alejandro originó. Aquél de nosotros para quien se hallen aparejados el destino y la muerte, perezca; y los demás separaos cuanto antes. Traed un cordero blanco y una cordera negra para la Tierra y el Sol; nosotros traeremos otro para Júpiter. Conducid acá á Príamo para que en persona sancione los juramentos, pues sus hijos son soberbios y fementidos: no sea que alguien cometa una transgresión y quebrante los juramentos prestados invocando á Júpiter. El alma de los jóvenes es voluble, y el viejo, cuando interviene en algo, tiene en cuenta lo pasado y lo futuro á fin de que se haga lo más conveniente para ambas partes.»

111 Tal dijo. Gozáronse aqueos y teucros con la esperanza de que iba á terminar la calamitosa guerra. Detuvieron los corceles en las