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LA ILÍADA

filas, bajaron de los carros y, dejando la armadura en el suelo, se pusieron muy cerca los unos de los otros. Un corto espacio mediaba entre ambos ejércitos.

116 Héctor despachó dos heraldos á la ciudad, para que en seguida le trajeran las víctimas y llamasen á Príamo. El rey Agamenón, por su parte, mandó á Taltibio que se llegara á las cóncavas naves por un cordero. El heraldo no desobedeció al divino Agamenón.

121 Entonces la mensajera Iris fué en busca de Helena, la de níveos brazos, tomando la figura de su cuñada Laódice, mujer del rey Helicaón Antenórida, que era la más hermosa de las hijas de Príamo. Hallóla en el palacio tejiendo una gran tela doble, purpúrea, en la cual entretejía muchos trabajos que los teucros, domadores de caballos, y los aqueos, de broncíneas lorigas, habían padecido por ella en la marcial contienda. Paróse Iris, la de los pies ligeros, junto á Helena, y así le dijo:

130 «Ven, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de los teucros, domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas lorigas. Los que antes, ávidos del funesto combate, llevaban por la llanura al luctuoso Marte unos contra otros, se sentaron—pues la batalla se ha suspendido—y permanecen silenciosos, reclinados en los escudos, con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro y Menelao, caro á Marte, lucharán por ti con ingentes lanzas, y el que venza te llamará su amada esposa.»

139 Cuando así hubo hablado, le infundió en el corazón dulce deseo de su anterior marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena salió al momento de la habitación, cubierta con blanco velo, derramando tiernas lágrimas; sin que fuera sola, pues la acompañaban dos doncellas, Etra, hija de Piteo, y Climene, la de los grandes ojos. Pronto llegaron á las puertas Esceas.

146 Allí estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio, Hicetaón, vástago de Marte, y los prudentes Ucalegonte y Antenor, ancianos del pueblo; los cuales á causa de su vejez no combatían, pero eran buenos arengadores, semejantes á las cigarras que, posadas en los árboles de la selva, dejan oir su aguda voz. Tales próceres troyanos había en la torre. Cuando vieron á Helena, que hacia ellos se encaminaba, dijéronse unos á otros, hablando quedo, estas aladas palabras:

156 «No es reprensible que los troyanos y los aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo así,