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LA ILÍADA

dejaremos como trofeo en poder de Príamo y de los troyanos á la argiva Helena, y tus huesos se pudrirán en Troya á causa de una empresa no llevada á cumplimiento. Y alguno de los troyanos soberbios exclamará saltando sobre la tumba del glorioso Menelao: Así realice Agamenón todas sus venganzas como ésta; pues trajo inútilmente un ejército aqueo y regresó á su patria con las naves vacías, dejando aquí al valiente Menelao. Y cuando esto diga, ábraseme la anchurosa tierra.»

183 Para tranquilizarle, respondió el rubio Menelao: «Ten ánimo y no espantes á los aqueos. La aguda flecha no me ha herido mortalmente, pues me protegió por fuera el labrado cinturón y por dentro la faja y la chapa que forjó el broncista.»

188 Contestó el rey Agamenón: «¡Ojalá sea así, querido Menelao! Un médico reconocerá la herida y le aplicará drogas que calmen los terribles dolores.»

192 Dijo, y en seguida dió esta orden al divino heraldo Taltibio: «¡Taltibio! Llama pronto á Macaón, el hijo del insigne médico Esculapio, para que reconozca al aguerrido Menelao, hijo de Atreo, á quien ha flechado un hábil arquero troyano ó licio; gloria para él y llanto para nosotros.»

198 Tales fueron sus palabras, y el heraldo al oirle no desobedeció. Fuése por entre los aqueos, de broncíneas lorigas, buscó con la vista al héroe Macaón y le halló en medio de las fuertes filas de hombres escudados que le habían seguido desde Trica, criadora de caballos. Y deteniéndose cerca de él, le dirigió estas aladas palabras:

204 «¡Ven, hijo de Esculapio! Te llama el rey Agamenón para que reconozcas al aguerrido Menelao, caudillo de los aqueos, á quien ha flechado hábil arquero troyano ó licio; gloria para él y llanto para nosotros.»

207 Así dijo, y Macaón sintió que en el pecho se le conmovía el ánimo. Atravesaron, hendiendo por la gente, el espacioso campamento de los aqueos; y llegando al lugar donde fué herido el rubio Menelao (éste aparecía como un dios entre los principales caudillos que en torno de él se habían congregado), Macaón arrancó la flecha del ajustado cíngulo; pero al tirar de ella, rompiéronse las plumas, y entonces desató el vistoso cinturón y quitó la faja y la chapa que hiciera el broncista. Tan pronto como vió la herida causada por la cruel saeta, chupó la sangre y aplicó con pericia drogas calmantes que á su padre había dado Quirón en prueba de amistad.