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Le grita entonces ella; no prodigues
La sangre de tus súbditos preciosa.
Júpiter te lo impone; no pretendas
Audazmenie arrostrar sus fieras iras.»
Dice y el héroe pio se somete
Rebosándole el pecho de alegría.
Minerva, siempre en Mentor transformada,
Del grave pacto los principios dicta,
Y paz profunda, union constante y fuerte,
En Ítaca feliz, por siempre, fija.[1]


FIN.


  1. Este desenlace, á pesar de estar anunciado repetidamente y previsto, es bastante feliz, es rápido, tiene magestad y es completo, porque no deja ningún deseo sin satisfacer. Este es mi modesto juicio sobre una obra tan vasta y singular, en cuya penosa version solo me ha guiado el deseo de prestar un gran servicio a la literatura de mi patria. Con ella y la de la Ilíada de D. José Gomez Hermosilla será tal vez suficientemente conocido el gran coloso de la antigüedad, en sus dos inmensas composiciones. Compararlas no cabe a mis cortos alcances, y mas cuando son tantos y tan divergentes los juicios que se han dado de ellas, unos colocando la Odisea como superior, y otros, como Longinos, mirándola solo como los últimos destellos de un genio que fenece. Es cierto que la Ilíada es una accion muy grande, cosa propia del brío juvenil, y la Odisea un tejido de consejas de las que tanto gustan a la vejez. Cierto es tambien que en la primera todo es grande, mientras en la segunda los hombres trocadas en cerdos, los Cíclopes comiendo los hombres crudos, el héroe mismo andrajoso riñiendo á puñetazos y recibiendo puntapiés, son suciedades que no honran al genio creador. ¿Pero cómo no conceder tambien que en ella las tempestades, las descripciones geográficas, los discursos, no tengan tal vez mas atractivo que seis cantos enteros de combates nunca interrumpidos? En suma, ahora los que no pueden juzgar por los originales, tendrán la facultad de formar un juicio sobre estos dos fenómenos. El uno el sabio Hermosilla lo ha vertido de un modo que no deja que desear; ojalá se pudiese decir lo mismo del traductor del otro! Siempre confio al menos que la buena voluntad que he puesto, tanto en el texto como en las notas aclaratorias, me acarreará alguna benevolencia por parte de los lectores que no sean demasiado exigentes.