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248 — La bruja del ideal

Gloria; la Filosofía la hubiera llamado Bien, la Poesía Inspiración, la Ambición Fortuna.

Yo la llamaba mi ideal.

En aquella estancia y al lado de aquella mujer, sentíame yo transportado al Nirvana de los budhistas, donde cesa todo dolor; al Paraíso de Mahoma, donde se goza todo deleite; al Cielo cristiano que promete la realidad de todas las esperanzas, la satisfacción de todos los amores y el secreto de todas las verdades

Si extremosos fueron mis arrebatos con la bruja, fácil es calcular lo que serían al lado de aquella mujer divina y adorada. Uno á uno fueron apareciendo los encantos de su desnudez expléndida.

Nuestras caricias eran frenesí. Á un beso prolongado como ciento, sucedían ciento breves como uno.

Ya no había forma alguna velada. Hallábame en la plenitud del goce y de la admiración; toda su hermosura la abarcaba en una mirada, todo su cuerpo le poseía en un abrazo, toda su alma la aspiraba en una caricia.

Á aquel pugilato de amor, absorción de dos deseos, apoplegía de deleite, fiebre de sensaciones, virginidad de dos almas que la pierden, convulsión de dos cuerpos que se identifican, sucedió al fin la deliciosa tranquilidad de los amores satisfechos.

Entonces la hermosa se puso de pié, y recobrando la majestad y el reposo de su actitud primera, la calma de la contemplación después de la tempestad de amor, llevándose una mano al cuello me dijo:

— Mira.

Fijé la vista y vi alrededor de su cuello, sobre la tabla blanquísima de su pecho, y en torno de sus magníficos hombros, una especie de collar de oro que se enlazaba en repetidas vueltas.

— Lee, me dijo, señalando al collar.

Noté, en efecto, que aquel collar de oro estaba formado de caracteres, de geroglíficos semejantes á los de la galería egipcia. Púseme á examinarlos, mirándolos en todos sentidos y tratando de descifrarlos.

Momentos hubo en que me parecía que los signos se tornaban en letras para mi conocidas, y estaba á punto de leer su contenido; pero en seguida se borraban, se desvanecían, apareciendo más impenetrables y confusos cada vez.

Si por acaso separaba uu momento la vista, la hermosa me