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La bruja del ideal

en paz y en gracia de los hombres, sin llorar ingratitudes ni desengaños; sin encontrar rivales ni provocar desafíos; sin ser desventurado actor en esas diarias escenas caseras de la comedia humana, del drama de la vida y del sainete de las costumbres.

Tal vez tenía yo en aquel bosque una cita con la novia de mi espíritu, más abstracta que la Idea de Hegel, pues yo sentia, como he dicho, un amor abstracto, cuyo término concreto buscaba con afan.

¿Quién, al cruzar un hermoso jardin, no recuerda sus amores? ¿Quién no cree oir el crugido de flotante falda en cada susurro del viento? ¿Quién, al aspirar el aroma de las flores, no anhela absorber el perfume de esa viviente flor de deleites que se llama la boca de una mujer? ¿Quién no sueña en perderse por largas y sombrías alamedas, de esas que terminan en elegante escalinata, que á su vez termina ó conduce á marmóreo palacio; extraviarse dando el brazo á una bella, contándose mútuamente esas íntimas historias del corazon, tan pequeñas é insulsas para los indiferentes, tan grandes para los que aman; historias condensadas en un beso ó finalizadas en un tiernísimo abrazo?

Yo, que experimento con frecuencia este deliciosa fenómeno psicológico, gracias á una cierta dósis de poeta que la naturaleza ha tenido á bien concederme, llamaba, como dejo dicho, á la soberana de mis amores, á la autócrata de mis deseos; pero aquella mujer no venía, y buscándola en todas direcciones, y con creciente afan, me fuí internando hasta perderme en las revueltas de aquel bosque, cada vez más espeso é intrincado.

De súbito los árboles se despojaron de su verdura y sus troncos quedaron desnudos como esqueletos inmóviles. Diríase que la rigidez de aquellos troncos secos, calcinados y retorcidos, expresaba la agonía convulsiva, el estertor de aquel mundo vegetal.

Como en las transformaciones de una decoracion de teatro, aquellos árboles empezaron á crecer y girar, á confundirse en grupos; las líneas curvas fueron estirándose hasta degenerar en rectas; las superficies se unieron y trabaron por medio de ángulos; las ramas adquirieron formas fantásticas y orgánicas; los troncos se tornaron en piedra, y en un rápido torbellino todas aquellas moles, embrionarias aún, informes, se distribuyeron, se atrajeron, se rechazaron, se encajaron unas en otras, y, como un caos que oye la voz de un fiat ordenador, se fundieron por último, dando el ser á una inmensa, interminable, asombrosa catedral gótica.