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LAS TRAQUINIAS

Hércules.—Bien terminas; y a estas gracias añade otra pequeña, ¡oh hijo!; y es que me pongas en la pira antes de que me acometa la convulsión o algún arrebato. Ea!, apresuraos, levantadme. Este roposo del dolor es el término final de este hombre.

Hil-lo.—Pues nada impide que te complazcamos en esto, ya que lo mandas y nos obligas, padre.

Hércules.—Ea, pues; antes de que se renueve el dolor, ¡oh alma endurecida!, tascando duro freno de acero, cesa de lamentarte, como si agradablemente verificases una obra contra tu voluntad.

Hil-lo.—Levantad, compañeros, compadeciéndome en gran manera por estas cosas, al par que reconociendo la inflexible dureza de los dioses que tales hechos consienten; porque habiéndole engendrado y llamándose sus padres, contemplan tales sufrimientos. Pues lo que ha de venir nadie lo sabe; pero lo presente muy triste es para mi, vergonzoso para ellos y dificil de aguantar, más que a 'nadie, al que tal calamidad soporta. No te quedes tú, muchacha, en casa, ya que has visto las tremendas y recientes muertes y las grandes calamidades que por primera vez experimentas, de todas las cuales no hay otro autor sino Júpiter.