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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

Tecmesa.— ¡Infeliz de mí! ¿Y de qué hombre lo ha sabido?

Mensajero.— Del adivino hijo de Testor, según el cual el día de hoy es de vida o muerte para Áyax.

Tecmesa.— ¡Ay amigos!, auxiliadme contra los rigores de la fortuna; corred unos en busca de Teucro; id otros hacia los valles del Occidente y los demás hacia los del Oriente, y buscad sin descanso al hombre que en tan fatal día ha salido. Ya veo que he sido engañada por él, y que he perdido el atractivo que antes le infundía. ¡Ay de mí! ¿Qué haré, hijo mío? Esto no admite espera. Voy también yo allá, mientras me asistan las fuerzas. ¡Vayamos, corramos! No debe quedarse sentado quien quiera salvar la vida a un hombre que se da prisa en matarse.

Coro.— Dispuesto estoy a marchar, y lo verás por mis obras. La urgencia del asunto y mis pies van a la par.

Áyax.— El homicida hierro está muy bien para cortar, y no podría estarlo mejor aunque uno tuviera tiempo para pensar en ello. Regalo es de Héctor, el hombre más aborrecido por mí de todos los enemigos, y el que más odio me inspiraba al verle. Clavado está en la enemiga tierra de Troya, recién afilado con la piedra que aguza el hierro. Y yo lo he hincado bién disponiéndolo del modo que más me conviene para morir pronto. Así, todo lo tengo bien preparado. No falta más sino que tú, ¡oh Júpiter!, como es natural, me asistas el primero. Te pido no alcanzar larga senectud. Envia, por mi, un mensajero que lleve a Teucro la mala nueva, para que sea él el primero que me levante al caer atravesado por esta espada, recién teñida en mi sangre; no sea que visto antes por alguno de mis enemigos, me arroje, exponiéndome como pasto, a los perros y a las carnívoras aves. Esto, ¡oh Júpiter!, te suplico,