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a los Jurados; pero todo su ser sentía crecer en la sala la desconfianza y la hostilidad.

—Si no tuvo usted participación en el crimen, ¿por qué les dijo usted a la Policía y al Juez de instrucción que la había tenido?—le preguntó a Tania el presidente.

La joven vaciló un instante y repuso que la Policía le había arrancado aquella confesión pegándola. Se adivinaba en tal respuesta una burda mentira. Kolosov, apretando los dientes de cólera, bajó la cabeza, para no ver las sonrisas irónicas del auditorio. El sabía mejor que nadie que aquello no era cierto; pues, de serlo, su defendida se lo hubiera contado. ¿Pero cómo hubiera ella podido explicarles a aquellos señores el terror que le había inspirado, sólo con la mirada, el oficial de Policía ante quien había declarado momentos después de su detención? ¿Cómo hubiera podido hacerles comprender el miedo que sentía en presencia de cualquier autoridad?

—Y el juez de instrucción, ¿también le pegó a usted?—interrogó el presidente, irónico.

Una risita abyecta sonó en el fondo de la sala.

Tania no contestó.

—¿No fué usted condenada, hará próximamente un año, a dos meses de cárcel por haberle robado el portamonedas a un borracho?

Tania no contestó. ¿Qué iba a decir? Harto había hablado ya. Lo estúpidamente que lo había hecho le dolía, sobre todo por Kolosov, cuyo descontento advertía.

Al interrogatorio de los acusados siguió el de los