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discípulos. No pudiendo seguir estudiando, se tendía en la cama y se distraía en contar mentalmente sus ahorros o en planear su próxima vida en Berlín. Algunas noches bajaba un rato al número 64 del «Polo Norte»—que tal era el nombre de su hospedería—y echaba un párrafo con los estudiantes que después de cenar se reunían allí.

Los estudiantes no le inspiraban ningún afecto, como no se lo inspiraba nada de lo que le rodeaba: las calles por donde pasaba, la habitación donde vivía, toda aquella vida caótica, inculta, grosera y estúpida. La gente le parecía peor que la de un país bárbaro; los bárbaros, al menos, eran audaces, y aquella gente—capaz de las violencias y las crueldades más insensatas—era pusilánime y mezquina.

Pero la idea de que pronto se iría de allí para siempre y viviría entre seres humanos, mucho más estimables en lo intelectual y en lo moral, le reconciliaba con aquellos de quienes se disponía a separarse y le llenaba de una piedad suave y triste hacia ellos. Y las «buenas noches» de aquel hombre, alto, enjuto, enfermo del pecho, de ojos febriles, cuando entraba en el número 64, sonaban como un melancólico «adiós».

En el número 64 reinaba siempre una ruidosa alegría. Se bebía allí vodka en abundancia; se fumaba, se gritaba, se cantaba; el aire, azul de humo, olía a alcohol y a arenques. El desorden era en aquel cuarto tan constante, tan normal, que a Chistiakov, a veces, se le antojaba un orden sui generis.

Vanka Kostiurin y Panov—los huéspedes del 64—-