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mar. Horas antes comenzaba allí la superficie helada, casi opaca; ahora la vista no tropezaba con límite alguno entre el mar y la tierra, ambos cubiertos por el mismo blanco sudario.

Obedeciendo a esa necesidad que se siente ante toda superficie lisa e intacta de trazar algo en ella, me quité el guante de la mano derecha y escribí con el dedo en la nieve: «Elena».

La pirámide se había trocado en una colina de nieve de suaves contornos, en algo sumiso y como muerto por segunda vez y para siempre. «A este, lado, la cabeza; a ése, los pies...» Era difícil imaginarse allí, en aquella superficie impasible, las olas, la lancha volcada. Y me pareció que se me quitaba un peso de encima. «No estaría de más—me dije—un viajecito a Petersburgo, para hacer alguna asomada por la Universidad.» Norden, en aquel momento, se me antojaba un hombre extravagante y desagradable, pero inofensivo. ¿Qué me importaba a mí que contase historietas e hiciera bailar a su familia? A mí lo que me interesaba era reunir algún dinero y marcharme.

«¿Cómo te las vas a componer ahora para borrar las huellas?», pensaba yo, riéndome, al volver de la playa. Y evitaba pisar las ya existentes, a fin de dejar todas las que pudiera.

Al día siguiente—y al otro, y al otro, y al otro, si tardaba en nevar de nuevo—sería para mí un placer, casi un orgullo, el verlas.

Los árboles del jardín ya no producían la impresión de soledad y de tristeza de que he hablado; parecían