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Página:Los asadores en sopa.djvu/85

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ANDERSEN.

Héte que de pronto Inger volvió á oir pronunciar su nombre; al mismo tiempo distinguió encima de ella como dos estrellas brillantes; eran dos ojos de una dulzura angélica que se iban á cenar en la tierra. Eran los ojos de la niña que habia llorado tan amargamente por la suerte de la pobre Inger; desde aquel tiempo habia llegado á ser una vieja, una santa que Dios iba á llamar á su lado. En aquel momento supremo en el que se ve á menudo toda la vida pasada, como en un cuadro, recordó cuanto la habia conmovido, siendo niña, la historia de Inger. Fué tan viva la impresion que dijo en alta voz:



« ¡Señor Dios mio! ¿no he despreciado como Inger vuestros dones? ¿No he tenido momentos de culpable orgullo? Pero en vuestra bondad no me ha-