Página:Los ladrones de Londres.djvu/36

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vor de una vela cuya claridad sombría se adaptaba muy bien con la tristeza del sitio, cuando entró Mr. Bumble.

—Ah! ah!―dijo alzando la vista de sobre su libro y parándose á la mitad de una palabra―Sois vos Mr. Bumble?

—Yo mismo Señor Sowerberry. ― contestó este- Aquí teneis el muchacho. (Oliverio saludó.)

-Ah! Bien venido;­ dijo el otro leantando el Candelero sobre su cabeza para inspeccionar mejor á Oliverio ― Señora Sowerberry. ¿Podeis llegaros por un momento querida?

La Señora Sowerbcrry salió de la trastienda y presentó la forma de una muger baja, delgadita y de talante ceñudo y regañon.

― Querida!­· dijo su marido con defercucia― Este es el muchacho de la casa de caridad de quien os he hablado. ( Oliverio saludó de nuevo. )

— Buen Dios! y que pequeño! ― dijo esta.

—Un poco es verdad!―replicó Mr. Bumble mirando á Oliverio con aire de reconvencion, como si hubiera sido culpa del niño el no ser mas grande― Es algo pequeño Si, Señora Sowerherry; pero el crecerá no lo dudeis.

— Ah! sin duda que crecerá — repuso secamente la señora con nuestra bebida y nuestra comida;

—Maliciosa ―Ya lo Sabeis; ninguna ganancia hay en los muchachos de la parroquia, ellos siempre cuestan mas caros de lo que valen.

―A pesar de esto los hombres se imaginan que Siempre tienen mas razon que sus mugeres. Adelántate tu pequeño esqueleto!

Al mismo tiempo abrió una puertecita y empujó á Oliverio hacia una escalera rápida que conducía á una pequeña habitacion sombría y húmeda adherida al lañero que se llamaba la Cocina, y en la que estaba sentada una jóven haraposa calzando zapatos destalonados y llevando unas medias de estambre azules todas boradadas.

—Carlota! —dijo la Señora Swoerberry que había seguido á