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MUSICOS NATIVOS.

tancia alrededor de la casa, que constituye, por sí mismo, un establecimiento muy extenso.

Primero, está la vivienda, un gran edificio de dos pisos, teniendo en el sótano, todas las oficinas y la tienda donde se vende todo lo necesario a los indios; por encima están las cocinas, salones, dormitorios y un inmenso corredor de arcos, mirando hacia el Oriente, lleno de pájaros enjaulados y con hamacas colgadas, donde la familia pasa la mayor parte de los largos cálidos días de verano. En el frente está el corral, al oeste del cual están las bodegas y edificios para recibir la cosecha; mientras que en el Oriente es hay otro edificio enorme donde están las calderas, motores, máquinas trituradoras, cubas de refrigeración, apartamentos de moldeo etc., constituyendo el trapiche de la hacienda. Es una pequeña ciudad en sí misma.

Al atardecer, todos los indios que trabajan en la finca se reunieron bajo el corredor en el piso del sótano, para reportar al administrador el trabajo del día y su presencia. Cuando llamó sus nombres, cada uno de ellos respondió con "Alabo á Dios", y se paraban contra la pared en una línea con quienes ya habían respondido. Cuando toda la lista había sido examinada, se fueron e iban cantando un himno indio a la Virgen, cuyos sonidos murieron en la distancia al ir caminando sobre los campos a su pueblo.

Por la noche que escuchamos el sonido de un clarinete, bajo y flauta, a cierta distancia de la vivienda y l preguntar, descubrimos que se había organizada una banda de músicos en una aldea adyacente, por el propietario de la hacienda. Hicimos un grupo y caminamos hacia ella. Toda una gran choza se había tomado para salón musical, donde los artistas estaban llegando; mientras que otros, que ya habían llegado, se dedicaban a ajustar sus instrumentos.

El líder era un indio de apariencia bastante respetable, decentemente vestido, que tocaba el violín; el que tocaba el clarinete era afortunado de tener pantalones de algodón y una camisa; el bajo tenía un par de pantalones pero sin camisa; la serpiente era el Indio de apariencia más salvaje que jamás vi, con cabello negro largo despeinado y ojos dignos de su instrumento; el gran tambor era un enorme negro viejo corpulento, que me recordó a muchos intérpretes en casa; mientras que la flauta de octava era escuincle de no más de doce, el diablito mas perverso imaginable, pero un tipo de talento infinito y un ejecución capital.

La noche era más bien demasiado caliente para permitirnos permanecer mucho tiempo en el apartamento con una multitud de indios; por lo tanto, tomamos nuestros asientos fuera, donde fuimos favorecidos por los aficionados autodidactas con varias arias de óperas recientes, realizadas en un estilo que no habría herido la reputación de muchas bandas militares en casa.

Se puede juzgar razonablemente, desde un escenario como este, que los indios tienen talentos para una de las artes que requieren un alto grado de refinamiento y delicadeza natural. Si hubiera sido atendido por todos los propietarios españoles para gradualmente traer sus disposiciones latentes, como han hecho los Señores J., México presentaría ahora un panorama muy diferente a la