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MÉXICO.

salpicarlo con su sangre, y un par de humano debería surgir para regenerar la especie.

Xólotl, uno de los héroes, partió a la peligrosa misión y habiendo obtenido el regalo de la deidad infernal, se fue precipitadamente con miedo que se arrepintiera del regalo. ¡Tan rápidamente volvió a la tierra, que en su velocidad accidentalmente cayó y rompió el hueso! Sin embargo, regresó a sus hermanos con los fragmentos y, colocándolos en un recipiente, roció las reliquias preciosas con sangre de sus cuerpos. En el cuarto día apareció un muchacho; y, después de un lapso de tres días más, durante la cual continuaron los rocíos sangrientos—se formó una chica. ¡Ellos fueron criados por su tutor Xólotl con leche de cardos—y así comenzó la regeneración del mundo!

¡Pero no hubo sol ni Luna! Las luminarias que existían en los días anteriores habían sido extinguidas en la ruina general.

Los heroicos hermanos, por lo tanto, se reunieron en la llanura de Teotihuacán. Construyeron una enorme pila y la encendieron, declarando que el primero que se lanzara a las llamas debería tener la gloria para transformarse en un Sol. Nanahuatzín, el más audaz de ellos, de inmediato se lanzó al fuego y descendió al infierno. ¡Tras un corto periodo, el sol salió en el Oriente!

Pero apenas había apareció sobre el horizonte cuando se detuvo en su curso. Enviaron un mensaje al orbe deseando que continuara su trayectoria, pero declinó cortésmente hacerlo hasta que él los ¡viera a todos sacrificados!

Esto, como bien puede imaginarse, no fue nada agradable al grupo de mil seiscientos, y no pocos manifestaron su descontento muy abiertamente. ¡Uno tomó su arco y disparó una flecha, que el sol evitó esquivándola! Otro realizó una demostración igualmente infructuosa y apasionada; y así sucesivamente con varias, hasta que el sol, cansado del ejercicio y un poco molesto, lanzó de regreso una de las flechas y la puso en la frente del primer héroe que imprudentemente había apuntado a su flameante disco.

Los hermanos heroicos, intimidados por la suerte de su compañero y sin poder lidiar con el orbe, resolvieron ceder a sus disposiciones y a morir a manos del audaz Xólotl; quien, después de matar a todos sus parientes, se suicidó. Antes de morir los héroes, legaron sus ropas a sus sirvientes; e, incluso en la época de la conquista, muchas de las "prendas antiguas" eran preservadas por los mexicanos con singular veneración, bajo la creencia de que eran los regalos de muerte de los héroes valientes, que habían restaurado el sol perdido para el confort de su raza.

Una fábula similar es contada del origen de la Luna. Antes el sacrificio final de los 1600, otra persona del mismo linaje siguió el ejemplo de su hermano Nanahuatzín y se lanzó a las llamas. Pero la fuerza del fuego había disminuido y como la víctima voluntaria se quemó con una llama pálida, ¡solo fue glorificado por la dignidad más humilde de la Luna!