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MÉXICO.


mismos y escandalizando la causa de la verdadera fe, como tan a menudo ha sido proclamado por los viajeros europeos. Aunque muchos de ellos son personas indignas, y pese a sus ritos y ceremonias son a menudo más bien acomodados a una población que apenas salió de los bosques, que al hombre intelectual;— aun así, la riqueza de la iglesia no ha sido en todo momento dedicada a efectos de base y sórdidas, o usado para corromper a sus poseedores y la gente. A lo largo de la República ninguna persona han sido más universalmente los agentes de caridad y ministros de piedad, que el clero rural. Los curas de pueblo son los asesores, los amigos y protectores de sus rebaños. Sus casas han sido retiros hospitalarios de cada viajero. En toda ocasión ellos mismos se constituyen en defensores de los indios y contribuyen al mantenimiento de instituciones de benevolencia. Se han interpuesto a todo intento de persecución y, siempre que las personas fueron amenazadas con injusticia, se convertían en defensores de sus derechos violados. Para esta clase, sin embargo, la riqueza de la iglesia era de menor importancia.

Estas virtudes y devoción han servido para arreglar todo el sacerdocio profundamente en los corazones de las masas y para adjuntar a los pobres a sus personas y alistarse en defensa de su propiedad. El sacerdote, el credo, la Iglesia y sus ingresos, parecía ser una e indivisible en las nociones de la gente; y, a su vez, el sacerdocio se convirtió en celoso y vigilante del poder que este mismo efecto había creado. La avaricia no necesitaba aumentar sus ganancias de penitentes muriendo, herencias piadosas, ofertas santas y espléndidas dotaciónes. Y por lo tanto (a menudo muy humano a la vez que humildemente bueno,) lograron, en el mismo altar, servir a Dios y a Mammon.

Ahora es bastante natural, que deban deser preservar la propiedad que han recopilado durante tantos años de trabajo religioso y ahorro avaro y ellos temen el avance del camino intelectual que, en el transcurso del tiempo, entregará sus establecimientos monásticos a la suerte de los de Inglaterra y España. La combinación de grandes haciendas, tanto real y personal, en manos de una clase unida actuando por influencia espiritual, bajo la dirección de un jefe, debe ser poderosa en cualquier país, pero sin duda debe ser más temido en una República, donde influencia secreta eclesiástica se agrega al control natural de riqueza extraordinaria.

Es difícil decir con exactitud, por las razones ya dichas, lo que esta riqueza es en la actualidad,— pero creo que el número de conventos, dedicado a cerca de dos mil Monjas en la República, es cincuenta y ocho; para el soporte de los cuales, (además de un capital flotante de algo más de cuatro millones y medio con ingresos derivados de los mismos de doscientos cincuenta y mil dólares,) poseen cerca de mil setecientas fincas o propiedades, produciendo un ingreso anual de cerca de quinientos sesenta y mil dólares.

Hay unos tres mil quinientos Clérigos Seculares y mil setecientos Monjes.