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PEROTE.

A un lado de la puerta está la fonda o comedor del establecimiento, donde dos o tres mujeres cocinaban varios extraños platillos. Dimos a entender nuestra hambre y pronto nos llamaron a una mesa. Había varios oficiales de la guarnición, así como la diligencia procedente de México, llegados antes de nosotros. La comida se había hecho con carbón, en hornos y el color de los cocineros, sus ropas, la comida, y el hogar era idéntico; una advertencia, como en Francia, de nunca para entrar en la cocina antes de las comidas. Las carnes habían sido buenas, pero fueron perfectamente acosadas por los duendecillos culinarios. Ajo, cebolla, grasa, chile y Dios sabe qué otros compuestos desagradables, había condimentado la comida como nada en el mundo excepto la cocina de Perote. Sin embargo, probamos, cada plato y ese sabor aplacó el apetito si no para calmar el hambre; especialmente como el mantel había servido a muchos caminantes desde su último lavado, (si alguna vez lo lavaron,) y había, además, sin duda sido usado para limpiar polvo (si alguna vez limpiaron). El mesero, también, era un muchacho en ropa sucia, que difícilmente sabia el significado de plato, y nunca oyó de cubiertos, además de otros tenedores que sus dedos.

Disgustado, como se puede suponer que estábamos con esta cena, no permanecí mucho tiempo en la mesa. Éramos un grupo de hombres hambrientos, aprovechados y además, malhumorados y cansados. Saqué la cara por un momento fuera de la puerta, para dar un paseo, como la noche era hermosa; pero S— me jaló adentro, con una insinuación de la notoria reputación de Perote. No eran las 8, pero la ciudad ya estaba quieta como muerta. Su población había ido a sus sombrías viviendas, y las calles estaban tan desiertas como las de Pompeya, excepto de vez en cuando un pillo irregular de vez en cuando, se perdía en la sombra de las casas, enterrado en sus sombreros de ala ancha y cobijas sucias.

Por lo tanto, nos retiramos a nuestras celdas; me arrojé sobre la cama envuelto en mi capa, con temor de un ataque vigoroso de pulgas y dormí sin moverme hasta que el conductor nos llamó a medianoche para salir a Puebla. Estando ya vestido, no necesité mucho tiempo para preparame y ¡dudo mucho si cepillos para cabello, polvo dientes perfumado o los dulces gustos de la Calle Vivienne, fueron alguna vez considerados por un huésped saliendo de Perote!

En media hora estábamos de nuevo galopando en la diligencia fuera de la ciudad, seguidos por tres dragones proporcionados por el funcionario que habíamos conocido en la cena, que parecía tener una pobre opinión como nosotros de esta ciudadela de vagabundos.

Aunque el cielo era claro y las estrellas brillaban cuando nos levantamos, una baja niebla colgaba ahora en nubes sobre la llanura. La carretera era, sin embargo, suave y a nivel y viajábamos por ella ágilmente, temiendo agregar picaduras al látigo de nuestro conductor, en la medida en que él era el conductor de una diligencia que había sido robada en la primavera pasada y que había recibido una bala entre sus hombros, de cuyos efectos recién se había recuperado para conducir su su primer viaje desde el conflicto. Galopamos durante toda la noche, parando sólo por un momento a cambiar caballos; tampoco encontramos un ser viviente excepto una manada de chacales, que