DE CECILIA el
— Si; y cuento con que irás á pasar una temporada conmigo.
— ¡Ya lo creo que iré!
— Pero... -—- dijo Margarita vacilando - ten- drás que renunciar á ver á tu novio; ya sa
es que á Pedro no le gustan visitas de jó- venes.
— ¡Cómo ha de ser!... Nos veremos de lejos. ¡Tiene cada idea ese viejo ridículo!
—j¡Silencio, Julieta! No olvides que á él se lo debemos todo.
—Eso es verdad... pero ¿por qué no trata de hacerte feliz? ¿por qué te tiene siempre encerrada? Debería comprender que á tu edad eso no es soportable, Bueno, lo que hay es que el pobre hombre es celoso.. Yo tam- bién lo sería si fuera tu marido, ¡eres tan linda!
— Calla burlona; no sientes lo que dices.
—¡ Qué no!
— Mira, — dijo Margarita como cediendo á una idea que la torturaba —no creas que lo que yo echo de menos son las diversiones. Yo hubiera sido feliz casándome con un hombre á quien quisiera mucho...mucho .. aunque fuera pobre.
— ¿Quieres que te diga con quién ?
—¡Oh no! No quiero que digas nada.
Sin atender á su hermana, Julieta la atrajo á sí y pronunció un nombre en su oído. Mar-